
Ambos caminaban lento, el agotamiento de la semana comenzaba a posarse sobre sus hombros. Caminaban lento y tomados de la mano de la manera tan peculiar que tan solo ellos conocían. Palma con palma, completamente reposada la una en la otra, con una ligera fuerza que hacía mantenerse el calor entre ellas ya casi sin espacio.
Era de noche y las calles brillaban por la lluvia que había dejado de caer unas horas atrás, ambos caminaban lento y devastados, bien arreglados. Ella usaba poco maquillaje, un poco de sombra sobre los párpados, como si fuesen ojeras en el espejo, y un poco de rimel en las pestañas. Un par de aros colgantes en forma de música colgaban de sus orejas y un suave perfume parecía escapar de su cuello.
Él nunca usaba accesorios, parecía lucir mejor una barba recientemente rasurada que algo sobre la solapa. Un viril aroma asechaba su caminar lento y tranquilo.
De vez en cuando se miraban y sonreían silenciosamente, se dedicaban palabras con la mirada, iban decididos a pasarlo bien, ambos le prometieron a la noche que no importaba cuando, ni el lugar específico, sabían arreglárselas por ellos mismos.
Al voltear en una esquina con adoquines escucharon de pronto la melodía estrepitosa y elegante que emitía el interior de un bar.
-Vamos- Dijo él completamente decidido tirando de manera sutil y grácil del brazo en compañía. Se encontraron de pronto ingresando en las fauces de una noche especial.
El humo se mezclaba de manera perfecta con la luz tenue del lugar, creando a momentos siluetas despampanantes. Ninguno de los dos fumaba, sin embargo esa noche ni el humo, ni nada los molestaba.
Una banda tocaba una especie de rock con vestigios de blues, y modernismos elocuentes. Una banda integrada por músicos que no tenían ojos.
El lugar se sentía lleno, sin embargo no había nadie que pudiese estar vigilándoles. Los asientos estaban vacíos, esperando por sus dueños momentáneos que se acercaban a la barra del bar. La pista de baile no era más que todo el lugar a sus anchas completamente desolado, repleto de melodías y almas bohemias.
Ella se sentó en el tercer asiento de derecha a izquierda. En el tercer asiento, justo al lado de nadie en el cuarto y mirando hacia la barra.
Pensaba bastante desconcentrada qué pediría al invisible barman, mientras que él observaba como las curvas de su cabello caían suaves sobre sus hombros al descubierto.
Ella lo presentía, él de a poco se animaba.
El cuello perfumado de ella era atacado de pronto por un par de labios encantadores que irrumpían con la fuga aromática, y le estremecían.
Ella cerró sus ojos y disfrutó del momento, mientras él con sus manos le agarraban fuerte por la cintura.
Quedaron frente a frente, lejanos en cercanía y entrelazando sus cómplices miradas. Ella ennudó sus brazos al cuello de su compañero y arrastró aquellos labios a los suyos, mientras el humo danzaba en círculos cerca de sus narices, delatando la respiración ya agitada que desató aquel beso lento.
El palpitar de ambos corazones parecían sincronizarse con el ritmo de la música al fondo.
Y en medio del sonido, de aquel solo de guitarra, dos cuerpos desnudos se acariciaban justo en el centro en apasionante batalla.
Nadie los vio llegar, ni seducirse.
Nadie los vio besarse, ni apasionarse.
El humo del lugar seguía difuminando todo el espacio, la música se mantenía en vivo ciega, íntima y sonando...
y ellos salían del lugar sonriendo y tomados de la mano, de la manera tan peculiar que tan solo ellos conocían.
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