Es otro domingo. Me despierto pensando que no quiero ir. Desde ese domingo que ningún domingo quiero ir. Me despierto, veo un rato la televisión. Me aburro. Me da lata bañarme pero lo hago igual. Me hago la tonta y me levanto casi por inercia. Mi mamá me habla por whatsapp y me pregunta qué haremos. Ninguna sabe que responderse. Yo no quiero ir. Le propondría que viniera ella, pero hace dos domingos que es así y yo sé que no le alcanza para andar poniendo bencina a cada rato. Me despido de mi novio, de mi pez y salgo de la casa. Me pongo los audífonos pensando en que no quiero ir. Pongo una canción que me gusta y camino hacia el metro.
Ya en el metro, miro a la gente al rededor. Me encanta mirar a la gente e imaginar sus vidas. Me encanta adivinar qué es lo que están pensando. Me miro en el reflejo de las puertas de vez en cuando y me arreglo el pelo. La música la llevo fuerte sobre mis orejas, así no escucho conversaciones ajenas.
A ratos me da pena. Se me llenan los ojos de lágrimas porque siempre es el mismo camino. Y los mismos paisajes y sé donde me llevan. Sé donde llegaré y que no estarás. Me resisto a un llanto contenido porque siempre ha sido muy triste ver a la gente en el metro o en la calle llorando. Piensas si acercártele o no...y no quiero que alguien se me acerque.
Llego a la estación plaza de Maipú. Ahí se baja un montón grande de gente. Apuro el paso, pienso que me puedo encontrar con alguien conocido. Siempre me pasa que pienso en eso y aparece alguien. Me carga. No sé por qué.
Camino hacia el paradero y me ofrecen chocolates, alfajores, hamburguesas de soya. Siempre pienso que tal vez quiero algo, pero nunca compro nada. Camino haciéndome la tonta y con los audífonos bien puestos. Llego al paradero y espero la micro. La gente allí siempre tiene cara de molesta. Debe ser porque la micro se demora en pasar.
La micro llega, me subo y me siento en los últimos asientos, esos que quedan como más levantados y que les llega viento desde la ventana. El viaje se hace extremadamente corto. Me bajo en la panadería de siempre. En la panadería donde me mandabas a comprar el pan. Paso por la casa del perro que me ladra. Miro siempre por si no está mi perro al rededor. Toco el citófono y me saco los audífonos para que el Travis no los rompa con sus patotas.
No quiero entrar. No quería venir. Por obligación tengo que saludar al Travis. Saludo a mi hermana y después a mi mamá. Me haces falta. No me gusta ver tu puerta cerrada. Intento no mirar mucho. Me da mucha pena. Me hago la tonta y paso a la cocina a guardar el helado que llevé para el almuerzo. Me quedo conversando con mamá. Almorzamos y hablamos de las trivialidades. Pasa el día hasta que me tengo que ir. Tampoco me quiero despedir. No hay nadie que me diga... venga la otra semana. Ya nadie me lo pide. Nadie me grita desde el fondo de la casa, que esté bien, que me cuide y que avise cuando llegue. Me carga irme y dejarlas solas. Sé que te extrañan igual que yo. Sé que todos los días miran hacia tu pieza esperando que no estuviera cerrada. Y que estuvieras allí. Y que te levantaras y nos llamaras para almorzar. Nos haces falta, no puedo dejar de decirlo. Pero también sé que estás mejor. No lo olvides.
Te extraño todos los días. Más te extraño los domingos. No tengo que llegar hasta el final del pasillo para saludarte. Para tomar tu manito y decirte que te quiero mucho. Ya no puedo hacerlo y me da mucha pena. Quisiera escuchar tu voz alegrándose cuando llego a la casa. Preguntándome por todo. Acordándose siempre de lo que te conté la semana pasada. Quisiera poder darle un significado con palabras a este vacío que siento. Se me hace imposible. Te extraño viejita linda. Extraño tu extrema ternura. Ayer se cumplieron 3 meses desde que no estás acá y te extraño. Te extraño, te extraño te extraño mucho!