martes, 22 de febrero de 2011

Una pequeña gigante.


De pronto desperté aturdida y ahogada, revolcándome entre un par de sábanas gigantes. Apartaba con una mano un pedazo de tela sobre mi, y al momento otro trozo de sábana llegaba golpeando mi cara de manera pesada y suavemente algodonada a la vez. Me sentía como una hormiga atrapada en una servilleta que le han arrojado de pronto encima.

Cuando por fin logré salir a través de un pliegue por el que se veía un poco de luz, tropecé torpemente con la pata peluda de un peluche enorme.
Sorprendida aún, mi corazón latía a diez mil por minuto al ver un rostro tierno del tamaño de un edificio de trescientos metros hacia arriba. Levanté la vista un poco más allá del aterrador y adorable peluche, y visualicé un par de telas rojas que parecían subir hasta el infinito. Era como estar en presencia de un escenario teatral para gigantes, un par de cortinas que en cualquier momento abrirían para comenzar con el vasto espectáculo.

Seguí vagando luego de comprender que embobada mirando las colosales cortinas no llegaría a encontrar la respuesta a las mil y una dudas que invadían en ese instante mi cerebro. Deambulé un buen tramo sobre un suelo textil que daba graciosa forma a mis pasos casi desesperados. Hasta que sin darme cuenta, frente a mi se extendía una descomunal muralla de madera barnizada. Se dividía en varios compartimientos de excesivo tamaño. Entre ellos distinguí otros rostros peludos y adorables que totalmente inmóviles me entregaban la certeza de ser solo peluches gigantescos.

Uno de ellos conectaba la muralla con el terso suelo en donde me encontraba, y decidí trepar por él hacia la cima de la muralla barnizada. A diferencia de escalar una montaña, a medida que avanzaba hacia arriba, no se sentía más frío que abajo, ni el viento corría al rededor, ni mis pies pisaban huecos rocosos, ni se veía nieve en la punta, de hecho ni siquiera veía una punta. Todo era completamente afelpado y esponjoso.

Cuando al fin llegué a una especie de cúspide plana, me percaté de una enorme pantalla que reflejaba el brillo de una luz artificial que parecía el sol incrustado en un techo con estrías de cemento. Claro, pensé de pronto... como no haberme dado cuenta antes, era tan solo una ampolleta.
En tanto, seguí observando y analizando el gran objeto refractante, hasta dar cuenta por perillas del tamaño de mi cabeza, que se trataba de un televisor prácticamente antiguo a comparación de los que hoy se venden, pero nuevamente, del tamaño utilizable para un gigante. Comencé en ese instante a sentirme de igual manera que Pulgarcito. Corrí en dirección opuesta al extraordinario televisor, pensando angustiada que llegaría en cualquier momento un malhumorado gigante dueño de todo esto a tomarme entre sus enormes manos y aplastarme como a un insecto.

Subí rápidamente por una escalera formada por enormes cajas de medicamentos, hasta quedar justo al borde de la colosal muralla barnizada.
Aterrada y atrapada frente a un formidable y desmesurado precipicio, comencé a sudar agobiada. Traté de pensar en alguna solución segura para poder escapar de ese espantoso lugar sin ser atrapada por alguna criatura devastadora. Miré nuevamente hacia la grandiosa ampolleta en el techo y encontré bajo ella la silueta de tres aves que parecían volar al rededor de la habitación de manera grácil y ligera.

Como parecían inesperadamente inofensivas, y la situación parecía estar al límite, inicié la construcción de un elaborado plan, para poder de un salto subir al lomo de alguna de aquellas aves y así poder salir gloriosamente de la aterradora habitación. Tan pronto como finalicé mi concentrado plan, me percaté de un enorme problema.

Sin darme cuenta en qué momento sucedió, las tres aves habían dejado de moverse en círculos, y aunque estaban suspendidas en el aire, ninguna de ellas aleteaba para mantenerse en lo alto, allí donde estaban.
Fue entonces que comencé frustrada a observarlo todo más detenidamente. Y cuando de manera diligente caí en la cuenta de que aquel suelo textil por el que había deambulado hace unos momentos atrás, no era nada más extraño que mi propia cama. Que las enormes telas rojas infinitas y colgantes, no eran más que las cortinas de mi cuarto. Que la colosal muralla barnizada, no era más que el mueble donde guardo mis peluches y donde reposa mi pequeño televisor antiguo. Donde encima conservo todo tipo de medicamentos veterinarios, y que aquellas aves inmóviles y flotantes, no eran más que un trío de pajarracos hechos de papel que pendían de un hilo bajo la pantalla que cubre la ampolleta de mi habitación.

Sucedió entonces que desperté de golpe en mi tan normal cama, frente a mi pequeño televisor entre mis cuatro paredes, al lado de mis medianas cortinas. Desperté de golpe, tan gigante como lo he sido siempre. Desperté de golpe y un tanto apesadumbrada por si encontraba alguna pequeña criatura que se aterrase de mi horrendo tamaño.

domingo, 20 de febrero de 2011

Escribir...


Me gusta escribir. De vez en vez me pregunto a mi misma el porque de algunas cosas que hago, o que tal vez, no hago.
No hace mucho recuerdo mi cuerpo varado en la cama, la música sonando bajito solo como un apoyo al entorno, mis cortinas rojizas cerradas, y nadie a mi al rededor. Recuerdo que de pronto sin razón relevante alguna tuve la endemoniada necesidad de tomar un lápiz, un papel, ponerme cómoda y escribir, escribir, escribir...
No importa a veces a qué ni a quien. Tan solo lo necesito.
No importa que etapa de mi vida esté pasando, siempre surge.
No importa el cansancio de mi mano cuando ya las palabras parecen morderse entre ellas.

Me gusta escribir.
A veces en papel a puñal de tinta en mano
Otras veces prefiero textear en el teclado
También he escrito en el aire, en el agua y en la arena.
Con un dedo, o una rama o la punta de una zapatilla.

Tomando en consideración lo gratificante que es tener una bolsa de vómito que no huela mal y que esté casi siempre al alcance de mis manos, les agradecería durante toda mi existencia a quienes me ayudaron a aprender los trucos de esta magia.
Refiero a familiares y profesores mayoritariamente.

Me gustaría que supieran que he aprendido a utilizar muy bien esta varita mágica. Hasta he logrado el truco de la desaparición casi a la perfección.
Aludo a la encantadora sensación cuando me siento ofuscada, enojada, triste o apenada y logro dejar por escrito un hechizo que vacía mi alma, ínfimas palabras que me tranquilizan, palabras que me calman.

Creo que mi cerebro sufre de bulimia, luego de digerir las cosas, cuando se mira al espejo y considera que está muy lleno, no lo medita demasiado, tan solo vomita.

Insisto en que es mucho mejor así, esta manera de vomitar no duele, ni molesta en la nariz un olor ácido, no me debilita (al contrario), y sin embargo... cumple con el mismo efecto. Me deshago de la mierda existente en mi y termino sintiéndome más liviana.

A todo esto, debo comprar repuestos de tinta para mi pluma.
Porque quiero escribir...
porque me gusta escribir.

martes, 15 de febrero de 2011

14 de febrero pasado.




Ayer 14 de febrero del 2011, no fue San Valentín, ni el día de los enamorados, ni el monstruo comercial asechando a la vuelta de la esquina
Ayer 14 de febrero del 2011, vi un montón de gente con flores en sus manos, chocolates, globos y demases, mas no les miré. Como dice alguien por ahí, mientras pasaban frente a mis ojos, tuve quizá la sensación de que aquellos seres enclaustrados en una fecha comercialmente linda, caminaban en las mismas calles que yo, pero luego de un lapsus caía en la verosímil cuenta de que habían fallecido unos segundos después. Tan solo pasaban, cual pelusas en el aire.
Ayer 14 de febrero del 2011, nada era tangiblemente cierto ni tampoco falso. Ayer 14 de febrero del 2011 mi preciosa pequeña peluda cumpliría 9 añitos.
Ayer 14 de febrero del 2011, la extrañé un poco más que todos los días que llevo extrañándola hace ya 2 años.
Ayer 14 de febrero del 2011 por allá en lo alto de las nubes, en un cielo estrepitosamente calmo celebrabas alegre tu cumpleaños mi preciosa.
Ayer 14 de febrero del 2011 te recordé, te lloré, te llamé, te abracé, te besé y te extrañé.
Pero hoy 15, sigo haciéndolo y te sigo amando como la pequeña peluda mas linda e inteligente que ha pisado este mundo en 4 patas.
Feliz cumpleaños mi niña bonita...
Mi niña bonita
con tu carita de rosas
mi niña bonita
cada día más preciosa...

Te amo perruni mia, se nos hace tremendamente difícil acá a este lado de la vida no tenerte en lo tangible. Pero estás siempre en nuestros corazones, siempre y cada uno de mis días.

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Como una moneda, el día de ayer 14 de febrero del 2011, tuvo dos lados.
Una tarde agradable, de miradas, de regalos, de besos fugaces, de paseos, de conversaciones, de sushi, de helado, de jugo, de sobredosis de azúcar...sobre todo, una tarde llena de risas, de alegría, de cariño orbital.

Una tarde noche resuelta en una petición simple.
Quédate me dijiste. Y me quedé para acompañarte. Para hacer de nuestra pequeña despedida algo más larga. Para hacer de tu estadía más duradera.
Quédate me pediste, y fue la mejor decisión que pude haber tomado.

Una noche lenta, que comenzó con un paseo a la pequeña Sami, una noche lenta que pasó a ser risas por vídeos estúpidos y graciosos encontrados en la internet. Una noche lenta, donde las caricias abundaban y donde los intervalos de nuestro respirar se yuxtaponían en perfecta sintonización.
Una noche resuelta en otra petición. Una noche perfecta, donde hemos vivido un sueño a ojos abiertos. Donde cada centímetro de tu piel recorrió mi cuerpo. Una noche utópica, donde nuestras almas se tomaron de la mano y corrieron cuesta abajo al encuentro de un colchón relleno de ilusiones que se volvían realidad. Una noche tranquila, excitante, excéntrica y única.

Un madrugar con el color de una fruta que está madura, un madrugar sereno, calmo. Un madrugar categóricamente encantador, Un madrugar donde abatiste mi corazón con unas palabras que tal vez nunca olvidaré. Sentí como salían de tus labios, tan ligeras, y tan graves y peligrosas a la vez, tan tiernas y sutiles, tan agobiantes en su precisión y concisión. Un par de palabras que hicieron a mi pecho sentirse estallar como un fuego artificial, así tal cual. Y ahí estaba tu rostro tan sencillo, tan afable, tan viril y a su vez adorable. "Es como un sueño, de esos que en verdad no se cumplen... y este sin embargo como dijiste luego también, está en proceso"
Si los sueños que son tan lindos, suelen no ser realidad, hagamos que la realidad, parezca un sueño.
Hace mucho tiempo no sentía como las palabras de alguien hacían que mi cuerpo completo se estremeciera en una emoción de alegría excedida.

Buen viaje mi preciado muchachín, mi corazón de limón, mi citrijuela, mi queridísima alma gemela.
Estaré esperando a tu regreso, ansiosa pero tranquila, estaré esperándote como siempre con los brazos abiertos para contenerte luego en un abrazo de esos en que los cuerpos llegan a molestar.

Mientras, disfruta de la experiencia en aquel país, respira fuerte en las mañanas, para que renueves el aire de tus pulmones, y obsérvalo todo, que la mejor cámara fotográfica donde puedes dejar recuerdos, es tu memoria.

Te quiero de una manera única, loca y desmedida. Gracias por todo corazón.