viernes, 26 de octubre de 2012

Horda de estornudos en Irarrázabal.


Me acabo de acordar de algo que me hizo reír y consideré digno de ser escrito en este espacio social-nosocial.
Estaba con una amiga saliendo del metro Irarrázabal, y conversábamos de trivialidades cuando la escuché estornudar. Segundos después noté que mi nariz me picaba en demasía, y los ojos me molestaban un poco. Cuando llegamos al paradero de la micro, comprendimos por el vacío de las calles y un paco entremedio, que habían tirado lagrimógenas. Resulta que uno de mis placeres culpables, es escuchar los estornudos de la gente, me divierten, y nunca hay uno igual al otro. Son como el equivalente a una huella digital. Lo dejo como anexo, para que se entienda la importancia de plasmar esto. Entonces, estábamos ahí, y mi amiga volvió a estornudar, de repente atrás se escuchó otro estornudo. De repente al lado izquierdo, después adelante, después al costado derecho...y comenzó una lluvia envolvente de estornudos escandalosos y otros más sumisos de toda la gente que estaba esperando la micro. Fue espectacular, casi como una sinfonía de reflejos convulsivos nasales. Llegó la micro y yo me reía, bajito, pero me reía. Cuando me subí, encontré incluso a la gente que estaba arriba estornudando y exploté. Estallé en risa desmesurada. A mi amiga se le contagió y nos reiamos escandalosamente, las personas nos miraban algunas con desagrado, otras sonreían, otras miraban por la ventana hacia afuera sin tomar atención de nosotras, pero igualmente estornudaban. Lo más extraño, es que ella seguía estornudando por los químicos en el aire, y yo me reía, y me reía y me reía... y nunca estornudé. Creo que la alegría es la solución para las protestas. Tal vez si todos fuesen a protestar llenos de risa acumulada, el abuso de poder no haría efecto alguno. 
Nunca olvidaré la horda de estornudos invasores en Irarrázabal. 

miércoles, 24 de octubre de 2012

Últimamente me he percatado de mi poca paciencia. De mi poca tolerancia y de la brutalidad de mis palabras. A veces no mido las consecuencias y escupo en el rostro de la gente mis opiniones. También me han tocado momentos en los que me obligo a callar y me desespero. Lo necesito. Lo añoro a cada instante. Es como tener el vómito en la boca con un sabor a injusticia, mezclado con impotencia, y no poder botarlo. Que asco. Prefiero caer mal "ser pesá" a no decir lo que pienso. Y si no te gusta lo que opino... supéralo.