miércoles, 19 de mayo de 2010

Exquisitamente T E R C O .


Embarcada en convicción,
miré al cielo.
Sólo para darme cuenta
que mis pasos se desenvolvían
en dirección contraria
al movimiento del planeta.

Mi corazón,
encogido y angustiado
latía con furia pidiéndome a gritos
que no me detuviera..

Desde el cielo
las nubes me observaban
desde el cielo y con gran tristeza.

el viento
comenzaba a abofetear
mi rostro avergonzado, lastimado.

Cerré entonces mis ojos
como nunca antes lo había hecho
cerré mis ojos
como si fuera la última vez
que mis pestañas se pudiesen abrazar.

Y seguí mi camino,
tercamente
entre miradas de pena, duda e incomprensión.

Me encontré con monstruos
monstruos grandes y pequeños,
monstruos que alcanzaron con sus garras
mi cuello
me intentaron ahogar, destrozar.

Y seguí mi camino,
malherida,
aún cuando el pavimento
se agrietaba bajo mis pies.

Yo simplemente sentía
como mis ojos ya cerrados, sellados
seguían comprimiendo lágrimas, hasta sangrar
sentía
como mi corazón se agitaba.

Y mi cuerpo escondido
en trincheras de orgullo,
se desplomaba
con cada uno de sus latidos
como si fueran el sonido de un misil
disparado desde tu indiferencia.

Latidos que imploraban a mi cuerpo
obedecer a su eterna porfía.

Y justo, en el momento
en que las estrellas comenzaban su brillante danza
el dolor perdía su total importancia.

La noche llegaba sin ser invitada,
el frío me abrazaba,
y la Luna
siempre imponente
iluminaba espía y cómplice
a este corazón exquisitamente terco
que latía con frenesí
cada vez que recordaba
aquellas falsas caricias
que latía y aún parece latir
con frenesí
recordando esa estúpida razón,
esa traición,
esa estúpida y gran tentación.