jueves, 6 de enero de 2011

Paseo.


Alguna vez has sentido ese malestar que se acomoda y acurruca dentro tuyo sin razón alguna?
Como si de pronto alguien con un saco de arena, vertiera un buen poco dentro de tu cabeza, y pesara, molestara...se moviera de un lado a otro.
Como una especie de rota virus espiritual.

¿Qué hacer en aquellas situaciones?
Es 2 de Enero del 2011. Tal vez debería tener algún sentimiento, un residuo de las fiestas. Pero no, hoy me siento distinta, más extraña que de costumbre. Como si todo me irritara, como si estuvieran aguijoneando algo dentro de mi, y pinchara, pinchara una y otra vez.

Por otro lado, es el cumpleaños de mi cachorro. No es justo que su madre humana estuviera con cara de pescado sentada en la mesa del living frente a su notebook escuchando música esperando que se le pasara la arena de la cabeza a los pies. Aparte, la fuerza de gravedad no estaba de mi lado, la arena molestosa no se iba.

Fue entonces que decidí tomar cartas en el asunto. Me paré de la silla, alargué mi brazo hacia el costado del sillón, donde reposaba la correa de mi cachorro cumpleañero. Y al instante en que el broche sonó en el aire, su cola comenzó a moverse frenéticamente de un lado a otro. Sus ojitos se iluminaron y sus alaridos felices hicieron que más decidida me sintiera de salir a caminar un rato por las calles de mi barrio.

Tomé mi fiel compartimiento de música, coloqué los audífonos en sus respectivos lugares, miré a Travis y con un “Vamos cachorro” comenzamos nuestro viaje.

Era una tarde para variar muy ventiscosa acá en Cerrillos. De vez en cuando mi cabello me abofeteaba, como queriendo decir… ¿Se te pasó la idiotez?
Otras, Travis tiraba de su correa, exaltado, excitado por los demás perros que suicidamente se acercaban a gruñirle. Creo que si no fuera una bestia de 46 kilos, lo dejaría suelto, pero lamentablemente ante la provocación de especies con menor tamaño (Que son casi todos los demás perros) su instinto caníbal sale a tomar el sol.

Pasamos a ritmo lento por las pequeñas placitas situadas a un lado de la caletera de Américo Vespucio. Había poca gente en las calles, y de vez en cuando Travis recibía algún elogio.

Al llegar a Vespucio con Avenida Las Torres, algo me sorprendió de sobremanera. Como si de pronto con la delicadeza que la tinta de una pluma de escribir, mancha el papel, alguien hubiese sacado la mitad de arena que llenaba el pesado saco dentro de mi cabeza.

Mientras Travis en un acto inmoral y despreocupado, orinaba unas plantas de al rededor. Mis ojos completamente embobados recorrían el espacio verde entre las calles, de un lado a otro.
Lo recorrían siguiendo un vuelo sutil, un vuelo enigmático, fantásticamente mágico de un par de golondrinas que jugueteaban a ras de suelo.
Tan grácil era su vuelo, que parecían una hoja de papel al viento, pero a velocidades mayores.
Ellas tan ágiles, veloces y fugaces. Tan pequeñas y recónditas en nuestra ciudad. Con ese color azuloso marino, tan peculiar, y el triangulo de espacio que se forma entre las últimas plumas de la cola, siempre tan singular.

Hacían parecer que no había calles, que no existían las personas, ni los edificios, hacían parecer al pasto un mar inmenso color turquesa, y se burlaban de nuestra torpeza pasando alrededor nuestro, a un centímetro del suelo.

Me tenían embobada, con los ojos emborrachados y la mente en otro lado. Hasta que un anciano que cerca regaba el pasto, posó sus ojos en nosotros dos. Me desconcentró de aquella fantasía, y Travis comenzaba a impacientarse por seguir el camino en búsqueda de tranquilidad.

Seguimos caminando por senderos de gravilla húmeda. Pisando pequeños espejos efímeros acuáticos creados por las regaderas que el jardinero muy temprano se preocupó de colocar sobre aquellos pisos alfombrados con pasto. Era una especie de regadío mágico, como dijo por ahí la mitad de un limón preciado. Como si el agua saliera de ensueño por la presión ejercida, y creara un rocío agradable que danzaba con el viento.

Un poco más allá Travis logró sentirse más alto de lo que en su mundo perruno es. Una rama decaía casi hasta llegar al suelo, y esto pareció impresionarle un poco. Se detuvo pasmado ante la grandeza de poder tocar con su nariz húmeda la rama de un árbol. Quizá pensó en ser el primer canino en tocar con su narizota las ramas de un árbol, sin tener la necesidad de saltar o intentar volar en cuatro patas. O tal vez, tan solo tenia un buen olor que yo no logré percibir. Fueron solo unos segundos, y retomamos nuestra impasible caminata.

De pronto ante mis ojos cansados que miraban el suelo queriendo atravesarlo, se posicionó un camino de huellas plumíferas. Sobre la gravilla seca, quedaba la evidencia de una despreocupada paloma, que en algún momento del día se paseaba parsimoniosamente en busca de alguna migaja que comer.

Me pareció algo tan bello, tan minúsculamente agraciado que una sonrisa escapó de lo más insondable de mi ser espiritual.

De vez en cuando, Travis se volteaba a mirarme, como asegurándose de que quien llevaba en sus manos la correa que a su cuello llevaba atada, fuera yo. O tal vez miraba mi rostro, para ver que cambios había experimentado, o tal vez solo miraba esperando que estuviera suelta la correa. Pero no lo sé, era bastante agradable y armonioso ver como a la vez que lográbamos cruzar una mirada, su cola comenzaba a moverse de un lado a otro, y una caricia en su cabecita esperaba ser regalada.

Comenzábamos a llegar al final de nuestro viaje, el suelo alfombrado de verde se precipitaba a terminar. Y el asfalto grisáceo aparecía imponente ante nuestros ojos. La música que sonaba calma en mis oídos, me recordó el motivo de nuestra salida.

¿Arena? No recordaba de donde había salido, ni en que momento se había vaciado por completo el saco. Tan solo me sentía liviana, etérea, tal vez vaporosa, y en parte menudita.

¿Vámonos a la casa cachorro?

Su cara como siempre iluminada de una esencia tan tierna, me convenció a poner pies en polvorosa y correr un tramo a través de los árboles y arbustos del lugar. Corríamos velozmente, y en su adorable carita, parecía haber una sonrisa de aquellas que emiten los niños, como queriendo decir… ¡¡¡¡Vamos, vamos… a ver quien llega primero!!!

Reí de improviso, una carcajada escapó ágil de mis adentros. Y algunas personas nos miraban atentas. Yo tan solo las ví de reojo. De pronto solo existíamos Travis, yo y una alegría que se acurrucaba en mi pecho, una alegría inexplicable… de esas que tan solo un paseo por el parque con tu cachorro puede brindarte.

Ya no hay más arena, no queda nada pesado dentro de mi cabeza. Volvimos corriendo a la casa, y nada nos importaba. Cuando llegamos todo estaba como antes, pero nosotros habíamos experimentado una de las mejores tardes.

De vez en cuando, hace bien salir a pasear.

1 comentario:

Antonio Sáez dijo...

Sin lugar a dudas, pequeña, experimentaste uno de mis llamados "pequeños milagros".

Aquellos momentos en los que realmente te das cuenta de que la vida no está hecha para ocupar ropa, sino para correr desnudo por la pradera, donde sientes que el sonido más placentero no es tus combinaciones “Deadmausiáticas”, sino escuchar simplemente la brisa de las hojas, quizás el roce que tenía la cadena del Cachorro, donde ves que el arte más hermoso no es una pintura de Vincent, sino el de aquella fila de hormigas obreras que bailan en su rutina.

Sueña, salta, corre, olfatea, disfruta. Vive la vida, no la sobrevivas.