miércoles, 12 de enero de 2011

Al borde del colapso.


Hoy miércoles 12 de enero del 2011, a las 0:53 minutos, cuando recién empieza el día, y es de noche... escribo con un solo propósito. Escribo porque he dejado atrás el martes.
PERO QUÉ MARTES.

Hoy, la verdad es que puedo llorar de felicidad, como dice un querido amigo por ahí en un cortometraje.

Descubrí que en un día puedes pasar por todos los estados anímicos que logres imaginar.

Que horrible, de haber estado feliz y tranquila, bastó con un abrir y cerrar de ojos, bastó con un par de palabras, para que todo el mundo comenzara a derretirse frente a mis ojos. Comencé a sentirme ahogada, preocupada. Nervios, los nervios se apoderaban de mi, cual colonización de cuerpo. Me sentí sola, y sin producción de pensamientos, no reaccionaba, solo tiritaba.

Afortunadamente, tengo amigos únicos. Afortunadamente, devolviste mi desesperado llamado. Viajaba en una micro al encuentro de algo que lograra centrar mi cabeza, viajaba en una micro que de llena, pasó a ser nada. La música en mis oídos sonaba a todo volumen, y no era capaz de escucharla. De pronto las personas desaparecieron, el chofer no existía ni la micro tampoco. Me encontraba en un momento desagradablemente íntimo con el vidrio de la micro. Y mi mente, que solo daba vueltas y vueltas en un circulo sin final.

Llegué, un abrazo me contuvo y me hizo caer en la cuenta de que aún estaba en el planeta tierra, con vida, y con un gran problema que resolver. Gracias Héctor Fernández por la caminata más larga de mi vida. La necesitaba. Eres un gran amigo.

La verdad es que ni siquiera me esforcé por esquivar el golpe que me propinó la vida. Lo acertó de tal manera, que sola advertí lo que me quería decir. Ahora al menos puedo respirar, solo luego de haber estado al borde del colapso.
Luego de haberme sentido un insecto, una cucaracha maldita, indefensa y vulnerable como ella sola puede estarlo, como una cucaracha maldita que paseaba por las calles preocupada, no de avanzar, sino de los pies que posiblemente podían aplastarla.

El día de ayer aprendí una millonada de cosas. La vida me miró fijamente a los ojos, y me agarró de los hombros para darme un remesón bastante fuerte. Tomó delicadamente una tonelada, o dos (o quizá más) de preocupación y la puso sobre mi.

Fue como estar al borde de un acantilado en puntas de pie. Definitivamente sentí lo que es estar al borde del colapso. Mis nervios vibraban de una manera poco agraciada y confortadora. Me crucé caminando extraviada y sin darme cuenta, con uno de mis más grandes temores en la vida. Me acerqué tanto que fui capaz de escuchar su voz burlona regañándome con malicia.

De momento puedo dar un respiro hondo. De momento puedo asegurar que he vivido los 3 minutos más largos de mi vida. De momento las manos aún me vibran descontroladamente, pero al menos ya no sudan. De momento el estómago está más relajado que hace unas horas. De momento sé que las cosas se han vuelto delicadas. De momento pensaré en mi coartada.

He comenzado a sentir como los nervios comienzan a morderme, y me gritan, me culpan de lo que me están haciendo. El cerebro ha intentado apaciguarlos, pero sé que unas horas más tarde, cuando despierte de algún (espero) reconfortante sueño, atacarán como nunca. Comienzo a sentir un dolor de brazos y de piernas, comienzo a sentir un dolor que se acopla a la parte de atrás de mi cerebro, y una fatiga horrenda en mi estómago.

Sin embargo, no me puedo quejar. Es lo mínimo que quizá podría sentir alguien, que logró estar al borde del colapso.

Definitivamente, quiero escapar de santiago. De alguna maldita, regañadora y odiosa manera, se ha juntado esta asquerosa situación, con un viaje a Curicó, que termina en destino a Vilches, a una casa en la montaña. Tal vez, como muchas personas dicen, “las cosas pasan por algo” y si este viaje significa mi algo, lo tomaré a consciencia. Lo tomaré sin dudas ni mañoseos, tan solo iré a olvidarme por un rato de los problemas. No de lo sucedido, las lecciones no se olvidan. Pero sí a desaparecer un rato de esta ciudad, de este pequeño planeta intoxicado. A disfrutar unos días de la calma, para volver al exterminio de calma que se lleva a cabo acá en la ciudad.

Una vez más gracias amigo Títin, y Gracias a ambos… a mi medio limón por siempre estar ahí, por esa mano que sin saberlo necesitaba mientras recorriamos el camino eterno aquel.

No volveré a pasar por esto, no quiero que suceda, y no dejaré que suceda. He prometido todo lo prometible a cierto personaje ya nombrado, pero esta vez se trata de cumplir conmigo misma, y contigo corazón cítrico. No quiero volver a fallarnos, no quiero sentirme NUNCA MÁS, al borde del colapso.

Se trata de una promesa hecha por mi, para mí. Una promesa que indiscutiblemente voy a cumplir.

// Los quiero mucho muchachos, en demasía.

1 comentario:

Vian dijo...

cuide su corazón cítrico...